Lo extraordinario se ha vuelto cotidiano

Ayer y hoy - sábado y domingo respectivamente - me quedé en casa de milagro. Generalmente mi semana laboral termina oficialmente el viernes, pero como todo está más caro, los sueldos siguen igual de paupérrimos, me gusta enseñar y encima no puedo quedarme quieta porque siento que desaprovecho el tiempo, los fines de semana dicto cursos a otros médicos de: manejo del trauma prehospitalario (ITLS) o soporte vital cardiovascular avanzado (ACLS) según corresponda.
Enseñar me apasiona, disfruto muchísimo. Pero broder, levantarte 7 am sábado y domingo para ir a pasarte el día entero hable y hable, también resulta agotador. Particularmente el ITLS porque hay que estar agachándose, moviéndose y cargando, porque hablamos de enseñar cómo recoger heridos chorreados en plena avenida y de eso, los médicos saben muy poquito. Hay que hacerle demo. O sea, bien bonito todo, pero también bien demandante física e intelectualmente. Me gusta :) Pero cansa :(
Toda esta intro por ahí que no tiene nada que ver con lo que te voy a contar, jaja, pero ya pues ni modo, hablo hasta por los codos, incluso cuando escribo con la técnica correcta de mecanografía (chaaaaasa 😌).
El jueves me hicieron un peeling con láser a ver si mis ojeras rebeldes se asientan de una vez. Amiga, no es lo que yo pensaba. O sea, sí sabía que un peeling es retirar las capas superficiales de la piel para darle pase a la regeneración casi desde cero, pero no tenía idea de que sería como si me pusieran la cara sobre una hornilla encendida a pocos milímetros de la llamarada. Tal fue el dolor, que hasta me dio migraña, náuseas y se me retiraron las ganas de vivir por un momento. No lo recomiendo si buscas un tratamiento facial mínimamente invasivo. Cero mínimamente pues, CERO.
Para no seguir yéndome por las ramas, los codos y todo lo demás, esa fue la razón por la que no fui a dictar este fin de semana. Me quedé en casa y de milagro tuve tiempo para mí. Así que aproveché para hablarle a mi bestie que reside en el Reino Unido, Exeter para ser más precisos. Como soy hija única, yo tengo una manada bien estrecha que consta de cinco personas que llevo conmigo desde toda la vida. Esta es una de ellas.
Y ahí viene el motivo de todo este texto sinsentido que traigo el día de hoy.
-¿Qué haces, perrita?
-Llegando a mi casa, ¿llamada?
-Oki, me avisas.
Me avisó y la llamé por WhatsApp. Así estuvimos como dos horas y media. Haciendo nuestras cosas en casa mientras soltábamos chismes personales, de terceros, rajes y mucho amor. ¡Qué lindo es cuando tienes familia voluntaria! Paramos luego de horas parloteando porque me empezó a arder la cara, de tanto hablar.
Hoy me senté a relatar lo que hice ayer en mi cuaderno. Y entonces me di cuenta de lo que te digo en el título.
Yo nací en 1983 (por eso necesito peeling con láser CSM 🤣) y cuando ya comenzaba a formarse mi manada, de adolescente, mantener contacto con ellos consistía en llamar a la casa y ojalá que esté. Si no estaba, ojalá me devuelva la llamada y mi papá no esté usando el teléfono.
Olvídate que sería posible mantener contacto con Pepita en su año de intercambio en Tailandia. O saber cómo le estaba yendo a Lolita en su eurotrip de las vacaciones de verano.
Incluso cuando mi papá viajaba a congresos internacionales, yo debía modificar cualquier plan y estar atentísima en casa para cuando llamara por teléfono. Conversación de menos de tres minutos, obviamente, porque hablar a otro país costaba una fortuna.
¿Sí queda claro lo que implica enviar un mensaje instantáneo a alguien que quieres y extrañas para que luego se pasen más de dos horas conversando con todo un hemisferio y todo un océano separándolas? ¿Y mirándose el cacharro en todo momento, encima? ¿Y deambulando por la casa sin tener que dejar de lado cosas que tienen que hacer porque tranquilamente se pueden hacer mientras hablan y se miran?
Cualquiera que haya nacido en el siglo pasado sé que me entiende al 100%. Y es muy probable que hasta que alguien no se lo recuerda, no es consciente del mundo en el que vivimos.
Hay pelis y series que enfatizan en esto, pero me parece que no llegan a hacer sentir el impacto que quedarnos sin tecnología implicaría para la civilización en este momento de la historia.
Hay una peli en particular que me generó una angustia tremenda. Se llama “Leave the world behind” y trata de que de un momento a otro se acabó el internet, pasaron más cosas, claro está, y el mundo se fue al carajo.
Por supuesto que hay muchísimas más de ese estilo apocalíptico, que no se centran necesariamente en lo que a mí me provoca más ansiedad. Por ejemplo, “The last of us”, por ejemplo, “The walking dead”, por ejemplo, “World war Z”.
Todo se enfoca en apocalipsis zombie como si ese fuese el mayor de los problemas. Que lo es jajajaja, pero nadie se fija en lo que es vivir en un mundo donde no solo estás en modo supervivencia porque te persiguen criaturas hambrientas de otros cuerpos, sino que ya no existe la comunicación.
Te la ponen como que con radio se soluciona el asunto un poco. No, pues. En esas condiciones, bien lindo tienes un radio, pero de dónde sacas la energía para cargarlo, ¿de una papa? ¿Tienes la suerte de que justo tu radio tenga manivela? ¿Y si el apocalipsis viene con oscuridad y no hay sol para los paneles? ¿Y el alcance de la señal? ¿Y las frecuencias que no conoces y estás ahí adivinando a ver si alguien te capta?
En fin. Todo nuestro mundo está metido en computadoras, sistemas, inmediatismo. Se va el internet y lit, te quedas sin plata. Al menos en mi caso porque lo poco que tengo está disponible a través de las plataformas de bancos.
De hecho, una vez se cayó Yape y hubo caos en toda la ciudad. ¡Dios bendito! La cantidad de gente que se quedó en nada porque Yape dejó de funcionar por algunas horas. Igual ha pasado con las plataformas digitales de los bancos.
Y no solo eso, más de una vez se ha caído WhatsApp. Qué te diré, “caos” es una palabra muy suave para el desmadre que representó. Inmediatamente todo el mundo a Telegram. El que no sabía de su existencia, vivió el pánico en carne viva.
Así de dependientes somos de la tecnología. Y así de poco somos conscientes de que vivimos en una era completamente extraordinaria. Ya ni cuestionamos cómo es posible hablar el día entero si te da la gana con alguien que está en Oceanía mientras tú estás en el norte de África.
¿Sí te das cuenta? Locaso, ¿no?
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